Luces y sombras de la España digital

04 Diciembre 2017

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El pasado 20 de noviembre el evento Tech & Society, celebrado en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, contó con la presencia de la socióloga Belén Barreiro y del actual Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital, José María Lassalle. La conversación entre ambos esbozó un retrato bastante certero de las luces y las sombras que acompañan la llegada de la España digital.

Pablo Rodríguez Canfranc

Belén Barreiro se dedica al análisis científico de la sociedad desde hace más de 20 años. Ha sido profesora universitaria e investigadora en diversas universidades extranjeras. En junio de 2017 publica La sociedad que seremos: Digitales, analógicos, acomodados y empobrecidos, una radiografía del proceso de transformación digital que está viviendo nuestro país y de los profundos cambios que produce en la sociedad española.

José María Lassalle Ruiz es Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital desde noviembre de 2016. Es Doctor en Derecho por la Universidad de Cantabria y ha impartido clase en dicha institución, además de en la Universidad Carlos III de Madrid, la Universidad San Pablo-CEU y la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

El ciclo de eventos Tech & Society, una iniciativa impulsada por Fundación Telefónica y Aspen Institute España, reunió a estas dos personalidades analíticas y visionarias para debatir sobre cómo está afectando la digitalización a los ciudadanos de nuestro país y qué sociedad emerge en este siglo tecnológico.

Una sociedad dual

Belén Barreiro remite a las estadísticas que reflejan que hay más o menos un 75 por ciento de personas que utilizan Internet y un 25 por ciento que no lo hacen en España. Dentro de aquellas personas que sí están en Internet, hay que distinguir a los muy avanzados tecnológicamente de los menos avanzados y eso da lugar a dos Españas, dos sociedades muy distintas.

Lassalle por su parte opina que la brecha social está relacionada con la capacidad que tenemos para gestionar la complejidad de la tecnología: la relación con los dispositivos smart, cómo interpretamos los contenidos y las aplicaciones que hay dentro o cuál es nuestro nivel económico y nuestro conocimiento de idiomas para poder relacionarnos por las redes.

Para él cobra relevancia el concepto de clases medias digitales, que es una clase disruptiva global que ha establecido una capilaridad muy general a escala universal y que está planteando una serie de patrones de conocimiento de relación con la tecnología que son totalmente transgeneracionales.

Esta clase media digital incorpora un elemento de estatus evidente, porque hoy uno de los elementos más importantes de esta sociedad de consumo tecnológica en la que estamos viviendo -esta especie de capitalismo en forma de plataformas que se está construyendo-, es, precisamente, el estatus social y económico para poder acceder a determinados dispositivos y servicios.

Sociedad a dos velocidades: las otras brechas digitales

Belén Barreiro coincide con la idea de los ciudadanos digitales acomodados que para ella responden a un patrón común cosmopolita, es decir, son más o menos parecidos en todos los países. Son ciudadanos del mundo -de hecho, es en parte eso lo que les define-, tienen una visión del mundo muy parecida y comparten probablemente información bastante parecida en un sitio y en otro. Frente a ellos, hay otra sociedad que se podría llamar analógica, que, o bien está fuera de Internet, o está muy atrasada tecnológicamente. De esta forma, nos encontramos con una sociedad a dos velocidades.

Los ciudadanos digitales y los analógicos tienen formas muy diferentes de pensar y de posicionarse en la vida. El uso de las redes cambia la forma de razonar y de ver el mundo, hace a las personas más abiertas. Por contra, los no digitales tienden a ser más conservadores, en el sentido de mantener lo que se tiene como siempre ha estado.

La digitalización produce una brecha social que se solapa o que se superpone a las que ya existían. Los digitales acomodados son la minoría en términos numéricos, pero es la parte más dinámica de la sociedad y los miembros más influyentes de ésta, los más prescriptores en todo, pero especialmente en marcas y en política. No obstante, la parte de la ciudadanía que no ha cogido el tren digital es la más voluminosa.

José María Lassalle asocia la brecha digital a las desigualdades de renta. No todo el mundo, por ejemplo, tiene capacidad para gastar 6.000 euros en un determinado dispositivo, ni todo el mundo tiene varios dispositivos al mismo tiempo y la capacidad multitouch, para estar operando activamente en distintos espacios. No todo el mundo tiene la misma capacidad para aprovechar determinadas aplicaciones, rentabilizarlas y ser capaces de ser eficientes en el uso de esas capacidades que están incorporando.

La desigualdad actual está en la propia estructura de clases que está generando la relación dialéctica entre la tecnología y los sujetos que están utilizando la tecnología.

Los perdedores de la sociedad digital

Para Belen Barreiro en España está surgiendo una clase social de los que digitales empobrecidos, los que no pudieron acceder de la misma manera al mundo digital, algo determinado en gran medida por el nivel de renta o la posición social. Los digitales empobrecidos son los perdedores de la revolución tecnológica: personas con trabajos menos creativos menos interesantes, que viajan menos, que son más rutinarios…

Lo humano dentro de lo digital: el derecho a ser analógicos

Son las clases medias digitales globales –opina Lassalle-, las que tienen capacidad para rentabilizar al máximo las oportunidades que brinda lo digital, pero al mismo tiempo, por su formación todavía analógica -porque no son auténticos nativos digitales en el sentido literal del término-, tienen capacidad para reactivar sobre la realidad y comprender que hace falta mantener un equilibrio armonioso entre la gestión de la complejidad que nos ofrece el mundo digital y la capacidad analógica para no olvidar ese elemento corpóreo que sigue marcando todos los componentes emocionales sentimentales, artísticos o culturales, que nos hacen posibles como seres humanos.

Lo analógico no es nada malo, sino todo lo contrario: es lo que nos conecta con la antropología, lo que nos conecta con la cultura y con la poesía. Dentro de los derechos digitales, además de temas como el derecho al olvido, habría que defender el derecho a seguir siendo analógicos, es decir, que tiene que dársenos la opción de poder seguir vertebrando nuestra ciudadanía como seres analógicos.

Barreiro defiende igualmente el papel de lo analógico dentro de un mundo digital. A juicio, las capacidades humanas siguen siendo la mismas y, de hecho, tanto son las mismas, que son precisamente los ciudadanos muy digitales los que se esfuerzan más por conservar espacios que podemos llamar analógicos y por hacer actividades que pertenecen al mundo analógico. Los estudios demuestran que las personas más digitales son las que dedican horas hacer puzles, las que escriben más, las que más tocan instrumentos o las que más hacen calceta, por poner unos ejemplos. Son los que más se refugian en actividades analógicas.

Por mucho que avancen la digitalización y la robotización, la relación que tenemos con la tecnología es una relación que establecemos desde nuestra posición como seres humanos, de forma que siempre manifestaremos características humanas, como la inteligencia, la creatividad, la empatía o la confianza en el otro.

Lo digital como vehículo de la política

Uno de los puntos clave del último libro de Belén Barreiro es el análisis que realiza sobre el efecto de la digitalización en la política española. La digitalización es el instrumento que permitió la ruptura del sistema de partidos tradicional. No significa que sea la causa, sino que hace de vehículo o facilitador, porque las reglas de entrada en la política se vuelven mucho más sencillas, como, por ejemplo, cuando un sistema electoral se hace más proporcional, cuyo primer efecto es la creación de nuevos partidos.

Ocurre entonces algo curioso: la España analógica es la España que mantiene al bipartidismo, al Partido Popular y al Partido Socialista, hasta el punto de que el PP no ganaría las elecciones sin esa España analógica y que el PSOE habría quedado barrido del mapa sin ella. Frente a esto, está la España más digital, donde más han penetrado los nuevos partidos, Podemos y Ciudadanos.

Aunque Internet es la causa del auge de los nuevos partidos, resulta paradójico que los datos de usos políticos de Internet por la ciudadanía son totalmente minoritarios – en torno al 10%-, y el principal medio de información sobre política sigue siendo la televisión.

La explicación a esto reside en que esa minoría de personas digitalizadas que utiliza Internet con fines políticos son las más vanguardistas, selectas, educadas e informadas, y tienen capacidad para influir en todos los demás y para hacer cambiar las opiniones. La expansión de los nuevos partidos se debería entonces a un efecto dominó, donde unos pocos prescriptores están contagiando a los demás.

De alguna forma, la opinión de José María Lassalle coincide con la de Barreiro. Los partidos políticos han descubierto el instrumento digital como una herramienta de comunicación y eso ha supuesto alterar una parte de las dinámicas sobre las que giraban las campañas electorales y funcionaba la competencia del mercado electoral entre unos partidos y otros.

Lo digital está cambiando cómo gestionamos la información que tiene relevancia en su contenido político y de la que se nutren los medios de comunicación, los opinadores, los prescriptores sociales, no sólo de redes, sino básicamente de la propia televisión y de los medios de comunicación más tradicionales.

El mundo digital está creando una sociedad que recela de los discursos que requieren interpretaciones analíticas y que por tanto necesita sentimentalizar la comunicación para llegar al corazón de la política. Nuestra piel de comunicación muchas veces gira alrededor de los sentimientos más primarios, es decir, los que generan más ruido.

Esa emotividad está encontrando en el mundo digital la facilidad para llegar a una sociedad que cada vez está más simplificada en sus mecanismos de aproximación a la realidad, a través de discursos también muy primarios.

El comunicarse a través de las redes sociales, de una manera tan escasa en tan poca información y con tanta capacidad para lanzar mensajes que cambian, interpretan y razonan a través de sentimientos, hace que la política experimente estos vaivenes tan destructivos que están proyectando tal nivel de inseguridad en las sociedades.

La crisis del estado del bienestar: el miedo

Para José María Lassalle, el problema de las sociedades del bienestar es que han visto cómo la estructura de pensamiento de una modernidad que querían, el progreso y el bienestar deseados, se ha visto asediada y cuestionada por la crisis y por otros muchos factores.

Belén Barreiro incide en esa idea, el miedo que tiene que ver con lo digital tiene también que ver con que lo digital va asociado a la globalización.  El votante de partidos populistas en Europa y EE.UU. es un votante amenazado objetivamente. Quizá no está en una situación más empobrecida, o quizá sí, pero es alguien que se ve amenazado por un mundo que no entiende.

El malestar existe y el miedo existe, probablemente porque no ha habido suficiente pedagogía para explicar los cambios que se avecinan, para explicar que la digitalización va a producir la destrucción de tantos empleos y a quiénes va a afectar. Hace falta un diálogo más sincero con la ciudadanía.

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