De qué hablamos cuando decimos smart city

20 Noviembre 2017

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El concepto smart city marca un antes y un después en la gestión de los núcleos urbanos. A grandes rasgos implica utilizar la tecnología para mejorar el funcionamiento de los servicios de que gozan los habitantes, partiendo de los principios de eficiencia y ahorro de costes. Pero es algo más, también hace referencia a un nuevo marco de relaciones del ciudadano con su entorno que pretende mejorar la calidad de vida en los núcleos de población.

Pablo Rodríguez Canfranc

También las ciudades creen que son obra de la mente o del azar, pero ni la una ni el otro bastan para mantener en pie sus muros. De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya.

Italo Calvino. Las ciudades invisibles

El concepto smart city marca un antes y un después en la gestión de los núcleos urbanos. A grandes rasgos implica utilizar la tecnología para mejorar el funcionamiento de los servicios de que gozan los habitantes, partiendo de los principios de eficiencia y ahorro de costes. Pero es algo más, también hace referencia a un nuevo marco de relaciones del ciudadano con su entorno que pretende mejorar la calidad de vida en los núcleos de población.

Para convertir una ciudad en inteligente hace falta coordinar las acciones de distintos agentes (gobiernos, empresas tecnológicas, ciudadanos, inversores, etc.) que trabajan individualmente para que lo hagan en la misma dirección. Además, la multitud y variedad de aspectos que entraña hace que sea muy complejo definir con precisión la smart city y establecer su grado de desarrollo.

¿Qué podemos concebir como una smart city y qué no? Si cotejamos distintas definiciones existentes, todas tienen en común el protagonismo de las tecnologías de la comunicación, pero aparte de eso, algunas hablan de “sistemas de sistemas” (MIT), otras se centran en la prestación de servicios (PwC e IE Business School) y otras en el desarrollo sostenible y la calidad de vida (AENOR).

Emilio Ontiveros, Diego Vizcaíno y Verónica López Sabater (Las ciudades del futuro: inteligentes, digitales y sostenibles, 2017) aportan dos definiciones operativas:

  • Una ciudad intensiva en tecnología, con sensores desplegados de forma masiva y con servicios públicos eficientes gracias a la información captada en tiempo real por miles de dispositivos interconectados.
  • Una ciudad que promueve una mejor relación entre ciudadanos y Administraciones públicas (gobiernos) sustentada en las tecnologías disponibles. El gobierno local confía en la interacción con los ciudadanos para procurar la mejora de la prestación de servicios, creando los mecanismos para obtener y difundir dicha información como son las iniciativas de Open Government y Open Data utilizadas por la sociedad civil para, por ejemplo, crear aplicaciones móviles o servicios para reportar incidencias.

Hace falta concretar qué es exactamente una ciudad inteligente y, sobre todo, poder “medirla”.

Se trata de una tarea que han llevado a cabo Santiago Arizmendi Gutiérrez, Julio Navío Marco y José Antonio Portilla Figueras descrita en el artículo Smart cities. ¿Cómo determinar el estado de desarrollo de una ciudad inteligente? publicado en el número 105 de la revista TELOS. Básicamente, han elaborado una batería de indicadores cuantificables que permiten determinar cuánto tiene de inteligente una ciudad en particular para poder compararla con otras urbes en materia smart.

De cara a diseñar el conjunto de indicadores, los autores han partido de la publicación de la Comisión Europea Mapping Smart Cities in the EU (2014) que divide el concepto de smart city en seis componentes:

  • Smart economy (e-business, e-commerce): aquellos aspectos que contribuyen a que los negocios, las empresas y las relaciones comerciales sean más fluidas y eficientes.
  • Smart environment: se basa en la optimización del uso de los recursos urbanos, como la energía o el agua.
  • Smart government: una administración digital eficiente, abierta y transparente.
  • Smart living: se trata de variables que miden la calidad de vida del ciudadano y el grado de cohesión social.
  • Smart mobility: un sistema de transporte integrado intensivo en información, limpio y sostenible.
  • Smart people: desarrollo de las habilidades digitales, empleos relacionados con la tecnología, educación y formación, sociedad inclusiva, creativa e innovadora; introducir, utilizar, manipular y personalizar los datos; toma de decisiones y creación de productos y servicios.

Partiendo de la definición de la Comisión Europea, los autores proponen un amplio de indicadores para medir el grado de “inteligencia” de las ciudades, que deben ser SMART (Specific/Measurable/Achievable/Relevant/Trackeable): específicos, medibles, alcanzables, relevantes y trazables. Dentro de las seis categorías smart arriba descritas aparecen clasificados alrededor de 200 elementos de medida.

Una vez aplicados todos estos indicadores a una ciudad concreta, deben aportarnos un valor global, una puntuación específica, que permita compararla con el grado de desarrollo smart de otras urbes, elaborando un ranking.

El artículo incluye un ejemplo concreto de aplicación de esta metodología en las tres ciudades españolas de mayor tradición smart. De esta forma, la ponderación realizada arroja que Barcelona sería la ciudad más inteligente, con una puntuación de 60,79, seguida de Santander (54,89) y A Coruña (44,46).

Gracias a esta metodología de evaluación podemos saber de qué estamos hablando cuando nos referimos a las smart cities y qué grado de inteligencia presenta cada núcleo de población.

1 comentario

  • alvaro sanchez says:

    muy interesante reflexión, se necesita un impulso transversal de organizaciones, instituciones y ciudadanos para hacer de las ciudades un lugar mas placentero y eficiente

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